Inmersiones Iniciáticas: Formas Apofáticas de Presenciación de lo Divino en la Naturaleza

En el enigmático reino de la experiencia humana, donde lo mundano y lo místico se entrelazan, se encuentra el profundo concepto de la iniciación. Al ahondar en las profundidades de la espiritualidad humana y el poder transformador de los rituales de iniciación, estos ritos, a menudo relegados al ámbito de lo numinoso, sirven de portales a lo sagrado, trascendiendo lo ordinario para desvelar dimensiones ocultas de la existencia.

Los rituales de iniciación no son meros artefactos culturales, sino vehículos profundos de trascendencia. En un mundo cada vez más desconectado de sus raíces primordiales, estos rituales proporcionan una profunda conexión con lo sagrado, guiando a los individuos en un viaje transformador y metamórfico. Como la iniciación es un acontecimiento cósmico, esta acción corresponde a una representación de la recreación de la creación del universo. Del mismo modo que el universo surgió de un caldo primordial y corrosivo de caos y oscuridad, el iniciado se enfrenta a su propio caos interior y a sus limitaciones — los límites de la existencia. Al someterse a la iniciación, se embarca en una búsqueda griálica de sentido y propósito, esforzándose ferozmente por trascender los confines del mundo profano.

Estos rituales suelen implicar una muerte y un renacimiento simbólicos, reflejo del ciclo de vida, muerte y renacimiento que se observa en la naturaleza. Cuando el iniciado se enfrenta a su efímera mortalidad, emerge renovado y renacido, similar a un proceso alquímico en el que el material que se va a trabajar se pulveriza y transforma: un ave fénix que resurge de sus cenizas. Los rituales de iniciación ofrecen un camino hacia el «tiempo sagrado». En el mundo moderno, dominado por la implacable marcha del tiempo lineal, estos rituales transportan a los individuos a un reino intemporal, donde convergen el pasado, el presente y el futuro. Al participar en estos actos sagrados, el iniciado trasciende las limitaciones de la existencia temporal, accediendo a lo eterno. Por lo tanto, los rituales de iniciación sirven de puente entre el individuo y lo divino, y a través de la exploración de lo numinoso en la naturaleza, el iniciado encuentra lo sagrado dentro de sí mismo. Esta conexión con lo divino le otorga un sentido de propósito, pertenencia y unidad cósmica.

Con su poder transformador, y desde tiempos inmemoriales, estos ritos ofrecen al individuo la oportunidad de trascender lo mundano y conectar con lo divino. En la cacofonía de las radiaciones envolventes de un mundo contemporáneo cada vez más secular, sirven como faros que guían a quienes tienen la capacidad intelectual de comprender sus misteriosas profundidades hacia un entendimiento más profundo de la existencia y de lo numinoso.

Comúnmente, los ritos de iniciación marcan el término de la niñez (o algún estado de inocencia o suciedad) para dar paso a la vida entre los hombres, o bien entre los que desde ese momento se volverán sus cofrades, quitando al ser humano de su estado primordial —golpeado y moldeado por los martillos y yunques de los seres elementales— para ahora insertarlo en las dimensiones emplazadas al interior de las fronteras del cosmos, evolucionando posteriormente a través de la transmutación de su estatus ontológico hacia el Homo religiosus[1], dejando atrás los aspectos más ahrimánicos de lo mundano. Sin embargo, para el caso del caminante que esté comprometido con el deseo y voluntad de experimentación y presenciación de las diferentes manifestaciones de lo numinoso, es decir, aquel individuo inmerso en la disciplina del excursionismo iniciático, la iniciación de éste traza cierto camino de retorno a la oscuridad de la inocencia y la suciedad, desaprehendiendo parte del conocimiento integrado a partir del mundo. La iniciación que se presenta ante los ojos del caminante es una que crea y recrea la aniquilación de las capas sedimentarias de civilización que se van acumulando sobre el individuo, revistiéndolo de un ropaje que lo enajena de la naturaleza primigenia y salvaje.

Para el caminante alquímico, la iniciación no consiste en formar parte de un grupo o de una sociedad — no en la manera convencional. No se trata de ajustarse a un conjunto de creencias o prácticas, sino de deconstruir el mundo interior construido por la civilización. Se trata de liberarse de las limitaciones de la sociedad y volver a conectar con el mundo natural. Se trata de redescubrir el yo interior y experimentar las infinitas posibilidades que existen en el alma ardiente e incandescente del vagabundo iniciático.

El barro, la suciedad, la decepción, la lluvia, el hambre, la ventisca, la nieve, los gritos, las rocas resbaladizas, el cansancio, la sed, el pesar, el humus, el moho, la desorientación, la humedad, el calor sofocante, el dolor, la escasa visibilidad, las desgracias, el miedo, etc. son ejemplos de elementos que adornan y forman parte del despliegue de los ritos de iniciación (y autoiniciación) en los misterios de la emboscadura. Cada uno de los elementos constitutivos mencionados hace posible la concreción de la feroz masa heterológica que va a ser estrellada catastróficamente contra el muro sangrante de la homogeneidad civilizatoria. De hecho, el aspecto atormentado y transgresor de un caminante que regresa del bosque a la ciudad podría considerarse el epítome de la estética heterológica (esto constituiría un intento de afirmación incondicional de la tensión entre heteronomía y autonomía (Kennedy, 2017)). Aunque el Waldgang encarna la idea de autonomía individual y autosuficiencia, esta búsqueda de autonomía puede entenderse como un viaje espiritual hacia el autodescubrimiento y la autorrealización, en el que el individuo se libera de las restricciones externas y las normas sociales que pueden obstaculizar su conexión con lo divino.

Aunque en términos de una comprensión centrada en impresiones vacuas surgidas de la superficialidad, tanto el excursionismo como la teología puedan parecer enfoques disciplinarios que manejan conceptos y términos notablemente diferentes y distantes entre sí, y que se encuadran en marcos lógicos disímiles, en ambos universos pueden desarrollarse con misericordia y rigor exploraciones profundas de los diferentes aspectos de lo numinoso.

El apofatismo, a menudo denominado «teología negativa», es un enfoque filosófico y espiritual que hace énfasis en las limitaciones del lenguaje y el entendimiento humanos para describir y dimensionar lo divino. Su enfoque filosófico se centra en las negaciones y el rechazo, afirmando que los seres humanos sólo pueden comprender verdaderamente lo que no es lo divino, en lugar de lo que es lo divino.

Retirarse a la naturaleza puede interpretarse como una inmersión deliberada en el reino de lo divino inefable — un lugar para que la experiencia kenótica abrace al yo. En su exploración solitaria, el vagabundo iniciático busca conectar acéphalicamente, es decir, negando sus estructuras razonables, con la esencia de la naturaleza, reconociendo que las palabras y los conceptos sólo podrían limitar su comprensión de la misma. Podríamos dar descripciones de lo que la naturaleza no es: huellas humanas, intervención de la civilización. En esta negación de la influencia humana sobre la naturaleza, el vagabundo iniciático se acerca indirectamente a lo apofático al poner de relieve los aspectos incognoscibles, insondables e inaprehensibles del mundo natural.

La vía apofática fomenta el autovaciamiento o kenosis como forma de acercarse a lo divino. Al despojarse del hambre insaciable de las distracciones mundanas, el iniciado busca vaciar su vida de lo superfluo y descubrir los reinos sutiles que yacen bajo la superficie de las capas delirantes de lo artificial, como etapa necesaria para acercarse a una conexión más profunda, auténtica pero también sangrante y chocante con el mundo natural. En este proceso, el iniciado adopta un enfoque apofático de la naturaleza como lo sagrado, que pretende trascender las limitaciones del materialismo y la superficialidad. Visite el interior de la Catedral, y al tamborileo de los latidos del corazón sobrecogido y rectificando lo que allí encuentre, descubrirá la piedra oculta.

Junto con la grandeza y la experiencia apabullante de la contemplación de las tremendas paredes de piedra de una montaña maciza, o la corriente violenta y tumultuosa de un río, o el movimiento devastador de las fauces de un depredador al morder a su presa, o el misterioso poder regenerador de la putrefacción, etc., existe la experiencia mística del sobrecogimiento ante la presencia de lo divino. Allá arriba o allá abajo —como es arriba, es abajo—, el iniciado deja a un lado su ego y se entrega al silencio y a la reverencia, para disolverse en el fuego griálico.

Disciple anonyme et muet de la Nature éternelle, apôtre de l’éternelle Charité, il restera fidèle à son vœu de silence.
Dans la Science, dans le Bien, l’Adepte doit à jamais
SE TAIRE.

Así, lo apofático puede experimentarse a través de un sentido del asombro que trasciende las palabras y, por tanto, la razón.

Al abrazar los aspectos desconocidos e incognoscibles del mundo natural en lugar de intentar etiquetar, categorizar o definir los elementos de la naturaleza, el vagabundo iniciático reconocerá los límites de la comprensión humana y simplemente experimentará el entorno salvaje sin juicios ni análisis mortales y humanos, vaciándose y volviéndose totalmente receptivo a las ondas heterológicas del mysterium tremendum et fascinans que habita en los senderos no transitados.

Notas.

[1] Este concepto hace referencia a la creencia de Eliade en la naturaleza religiosa o espiritual innata del ser humano. Según Eliade, en el núcleo de la existencia humana subyace un impulso u orientación religiosa profundamente arraigados. Este concepto sugiere que los seres humanos están intrínsecamente predispuestos a buscar un significado y una conexión con lo sagrado o lo divino, y que esta búsqueda de lo trascendente es un aspecto esencial de la naturaleza humana. Argumentó que a lo largo de la historia y a través de las culturas, los seres humanos se han involucrado en diversas prácticas religiosas, rituales y mitologías como medio de expresar y satisfacer sus inclinaciones religiosas. Estas actividades religiosas sirven a los individuos para establecer una conexión con lo sagrado, dar sentido al mundo y trascender las limitaciones de la existencia cotidiana. Por tanto, la religión no es una mera construcción cultural o social, sino un aspecto fundamental de la identidad y la experiencia humanas. Sugiere que, incluso frente a la modernidad y la secularización, persiste la dimensión religiosa innata de la humanidad, y los individuos siguen buscando significado y conexión espirituales de diversas formas.

Bibliografía.

Kennedy, K. 2017. “Heterology as Aesthetics: Bataille, Sovereign Art and the Affirmation of Impossibility.” Theory, Culture & Society 0(0) 1–20