El Valor de los Humanos y el de los Animales

1999

Este artículo fue escrito originalmente para un periódico finlandés en respuesta a una carta de un tal R. Halttunen que comentaba sobre escritos anteriores de Linkola.

No es poco común que las discusiones reboten a través de varios periódicos. En Vihreä Lanka [El Hilo Verde], Anto Leikola lo hizo sobre las columnas del obispo Voitto Huotari en Etelä-Saimaa [Saimaa Sur] y Kymen Sanomat [El Noticiero Kymi]. A su vez, me gustaría ahora tomar parte en la discusión.

Huotari escribe: “Un animal tiene algún valor intrínseco, aunque no de la misma manera que un ser humano; un animal no posee el derecho inviolable y absoluto a la vida que todos los seres humanos se reconocen poseer en todas las circunstancias”. Continúa: “Es ciertamente cuestionable hablar de derechos de los animales de la misma manera que uno habla de los derechos humanos”.

Leikola muestra cierto aprecio por el uso cuidadoso de expresiones como “reconocemos” y “es cuestionable” por parte de Huotari; escribe: “Este principio ético parece estar generalmente aceptado hoy en día y comunica parcialmente el concepto de “derechos humanos”. Sin embargo, como todos los valores, se encuentra más en la mente de sus seguidores que en el objeto que se aplica, a diferencia de, por ejemplo, hechos biológicos; por lo tanto, es inevitablemente subjetivo: se trata de lo que pienso o pensamos. No podemos proceder más allá de la creencia o fe”.

«Es totalmente posible y justificable dibujar una filosa línea entre el hombre y el animal en cuanto a valores absolutos, como lo hace el obispo. Esto sería mejor que asignar primero un valor absoluto, además de los humanos, a animales antropoides y extender luego este valor de los mamíferos a vertebrados inferiores e invertebrados, hacia abajo, hasta llegar al paramecio y la ameba”.

En conclusión, Leikola agradece a los eclesiásticos por al menos prestar atención a la cuestión de los derechos de los animales, y por hacer hincapié en cómo los seres humanos son responsables para con el mundo natural: “Los eclesiásticos nunca solían hablar de estas cosas cuando yo era joven.”

En cuanto a lo que me concierne, el respeto a la vida es un claro — o bastante claro — principio que comparto con mucha gente comprometida con la preservación de la naturaleza.

Como Leikola, creo que es bastante evidente que es imposible dar un respeto absoluto (que incluya protección de sacrificio o daño) a todos los animales, porque pronto estaríamos discutiendo los derechos de los parásitos y las termitas, mosquitos y peligrosas bacterias y virus. Si comenzamos tratando de evitar a toda hormiga que encontremos en el sendero, pronto estaremos saltando hacia la muerte. Por supuesto, no es ético matar innecesariamente a estos compañeritos (el reino vegetal también debe estar protegido de una masacre innecesaria).

El valor intrínseco de los animales, sin embargo, y el grado en que son vistos como seres inviolables, depende de su estado: su posición, es decir, en la biósfera y el ecosistema. El todo, el sistema, la máxima cantidad de especies y la diversidad es lo más sagrado; lo segundo más importante es el número total de individuos de cada especie en toda la Tierra y en cada área específica. El más grande, más hermoso y más importante valor sobre la Tierra es la riqueza de la naturaleza (en realidad, para mí, esto es lo más importante en todo el universo, como mi conciencia, identidad e intereses no se extienden hacia otros cuerpos celestes).

El concepto de “peligro de extinción”, entonces, es central: la extinción de especies, subespecies o poblaciones locales amenaza dramáticamente con empobrecer la naturaleza. La noción de extinción implica que un valor mayor se colocará en los animales “raros” por sobre los “comunes”, y el tamaño de cualquier población animal es un puro hecho.

El valor también puede ser asignado en base a la situación filogenética de un animal: de si, según el proceso gradual de nacimiento y desarrollo, el animal en cuestión es una de las primeras, más “primitivas” criaturas o una de las últimas y más «avanzadas». El evolucionismo ha puesto un mayor énfasis en la última clase de animales. Así que un tigre en peligro de extinción y el gorila de la montaña se verían como que poseen más valor que una especie de molusco que está en peligro de extinción.

Se ha señalado que mientras que la clasificación filogenética es ventajosa para la especie humana, una valoración según el tamaño de la población sería devastadora. El hombre está enteramente en una clase propia en este respeto: ha roto con el sistema natural, ha eludido las leyes de la cadena alimenticia y ha aumentado enormemente sus números. Él es por lejos el animal más populoso de la tierra en proporción al tamaño de su cuerpo y sus necesidades dietéticas.

Cualquier “mérito” que el hombre podría haber adquirido a través de la filogénesis casi desaparece, sin embargo, cuando se considera que la humanidad ha hecho aún más de una carga sin escrúpulos satisfaciendo una gran cantidad de necesidades artificiales, de un modo desconocido para cualquier otra forma de vida pero altamente perjudicial para la naturaleza. El hombre es por lejos la especie menos favorecida entre los amigos de la naturaleza. Un amigo de la naturaleza considerará a los seres humanos como de naturaleza matonesca y más a menudo corrupta y tratará de proteger los ecosistemas de influencia humana tanto como sea posible. Según esta perspectiva, el valor y los derechos de los animales salvajes siempre superarán al de los animales domésticos (que están más cercanos a los seres humanos). Además, siempre se concederá preferencia a la fauna autóctona (sobreviviente) de cualquier región dada por sobre los animales importados por el hombre. En el peor de los casos, los animales no autóctonos son los depredadores que disminuyen drásticamente el número de animales originales y naturales. Estos animales (el visón, el mapache y el gato en Finlandia) tendrán que ser despojado de todos los derechos.

El hombre también practica el empobrecimiento activo de la naturaleza cuando él aumenta desproporcionadamente la cantidad de bestias rapaces en el ecosistema, ofreciéndoles una abundancia antinaturalmente buena de lugares de anidamiento (como en el caso de los búhos que anidan en cajas nido para pájaros), o al alimentarlos en el invierno, cuando se impide su poda natural por el hambre y la población se amplía a un número destructivamente grande (este es el caso con el cuervo, búho real, gaviota argéntea y gavión atlántico, gran carpintero manchado y ardilla en Finlandia). El amigo de la naturaleza debe esforzarse por corregir todos estos errores.

Ahora vuelvo al asunto de los derechos humanos. El término, como comúnmente se concibe, se enfrenta sin reservas con mi ética y lógica. Una definición que una vez di otra vez me viene a la mente: “derechos humanos = una sentencia de muerte para toda la Creación”. Algunos factores en la formulación de los derechos humanos probablemente siempre permanecerán oscuros para mí.

En primer lugar, mi lógica se niega a aceptar que el valor y los derechos de un individuo humano podrían seguir siendo los mismos desde el principio del tiempo, independientemente de cuántos seres humanos haya en el planeta. Es bastante claro para mí que el aumento neto en los seres humanos está constantemente bajando el valor de los individuos existentes (y con 6 mil millones de seres humanos, no hay mucho valor individual que quede en promedio…).

En segundo lugar, no entiendo por qué los derechos humanos se ven como aplicables a todos de la misma manera — para citar el paráfraseo de Anto Leikola del obispo Huotari: “cada ser humano posee un valor intrínseco, que no depende de bien o mal o la calidad de su razón”.

Encuentro este tipo de pensamiento verdaderamente inútil. Nunca he podido encontrar dos personas que sean perfectamente iguales: una siempre será más valioso que la otra. Y mucha gente, de hecho, simplemente no tiene valor. Algunas personas superan la “permisividad ambiental” por un factor de mil: disminuyen enormemente la riqueza de la naturaleza y despilfarran sus reservas de recursos, a través de su propia forma de vida y su influencia. También hay un montón de gente mala, que no tiene normas morales: los delincuentes que en casos extremos causan una cantidad horrible de dolor a otros miembros de su especie. ¿Qué misticismo, qué magia negra puede permitir a tales criaturas poseer todos los derechos humanos? ¿Cuál es la filosofía de quienes se oponen a la pena de muerte?

La vida, la cual es jerárquica por naturaleza, exige que extienda “este valor desde mamíferos hacia los vertebrados inferiores e invertebrados, hacia abajo, hasta llegar al paramecio y la ameba”. Pero justa como necesaria debería ser la clasificación de personas según su grado de humanidad; en otras palabras, según el grado en que poseen esas habilidades que representan las cualidades únicas de su especie y definen el lugar del hombre en relación con los otros animales: inteligencia, sabiduría, cultura, emoción, empatía. Las deficiencias físicas no afectan intrínsecamente a las cualidades humanas como la vida espiritual o el ejercicio de la mente. El retraso con respecto a la vida emocional o inteligencia, sin embargo, es otro asunto. Algunos individuos, en este sentido, están en el nivel de los chimpancés, algunos del castor, algunos del bisbita. Algunos individuos totalmente deficientes incluso no pueden ser comparados con las expresiones más primitivas en el reino animal: ¿por qué un valor más alto y mejores derechos deberían ser asignados a estas personas en lugar del chimpancé, el castor o el bisbita?

Creo que sin un conocimiento adecuado de la manera en que la naturaleza opera y una conciencia de los límites de los derechos humanos, el movimiento de derechos los animales de hecho está parado sobre terreno frágil.